El diagnóstico de autismo puede llegar a los 3 años, pero también a los 8, a los 12 o incluso en la adultez. Cada vez que llega, cambia algo para la familia y para el propio niño, independientemente de la edad.
¿Por qué algunos diagnósticos llegan tarde?
Hay varias razones. Algunas tienen que ver con el sistema: acceso limitado a especialistas, largas listas de espera, desconocimiento de las señales en los profesionales del primer nivel. Otras tienen que ver con el propio perfil del niño: hay formas de TEA más sutiles, especialmente en niñas, que pasan desapercibidas porque la persona desarrolla estrategias de compensación.
Y otras razones tienen que ver con la familia: el miedo a un diagnóstico, la esperanza de que “se le pase”, la presión social para no “etiquetar” al niño. Todo eso es comprensible, aunque muchas veces genera culpa innecesaria cuando finalmente llega el diagnóstico.
El diagnóstico tardío no es una falla
Muchas familias se preguntan si perdieron el tiempo. La respuesta es no. Hicieron lo mejor que podían con la información que tenían. Y ahora tienen más.
¿Qué cambia con el diagnóstico?
El diagnóstico no cambia quién es el niño. Cambia cómo entendemos sus dificultades, sus fortalezas y sus necesidades. Da acceso a apoyos específicos, ya sean terapéuticos, escolares o farmacológicos. Y muchas veces libera a la familia de años de culpa y búsqueda de explicaciones.
¿Piensas que tu hijo puede tener un diagnóstico pendiente?
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